Revista de descontaminación industrial, recursos energéticos y sustentabilidad.

Mar de Soluciones

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Impactos ambientales de las desaladoras pueden controlarse, afirma experto.

Dicen que la solución a veces puede estar ante nuestras propias narices. Así lo piensan aquellos que opinan que este refrán bien puede aplicarse a la situación hídrica que vive el país.

Con más de cinco años de una aguda sequía y sin perspectivas de solución –sino solo de adaptación, debido al cambio climático– los expertos ya no piensan tanto en el diseño de soluciones convencionales, como aquellas que  pretendían transportar agua desde el sur hacia el norte del país.

Hoy, una alternativa que concita cada vez más interés es la desalación o desalinización del agua. Es decir, el proceso mediante el cual se le extrae su contenido de sal.

Si bien no se trata de una idea reciente, está siendo tomada más en serio como opción de suministro para la industria, minería, agricultura y sector sanitario.

A nivel mundial, existen actualmente unas 15.000 plantas desaladoras de agua de mar. Unos 255 de esos sistemas los ha construido Suez, grupo europeo especializado en gestión de aguas y residuos.

Miguel Ángel Sanz, director de Desarrollo Estratégico de la firma, aclara que no toda el agua que se desala proviene de los océanos. El ingeniero precisa que, del total, alrededor de dos tercios proceden del mar, mientras que el otro tercio corresponde a aguas salobres. Es decir, aquellas que poseen una mayor salinidad que el agua potable, pero menor que la del mar.

Más Conveniente

Suez posee una experiencia de más de 40 años en la investigación, diseño, desarrollo, construcción y operación de plantas desalinizadoras. Desde el inicio la compañía optó por el método de osmosis inversa, por ser la opción más eficiente, económica y de menor impacto ambiental. “Con la osmosis reversa, que es un procedimiento físico, no hay que gastar mucha más energía para evaporar y volver a condensar, como en los procedimientos térmicos, que son mucho menos eficientes”, dice el ingeniero.

El procedimiento es el siguiente: el agua se pone dentro de un depósito provisto de una membrana de osmosis inversa que divide su espacio interior. Entonces, se aplica presión para que el líquido de uno de los compartimentos pase hacia el otro lado, sin sales. Este producto se convertirá en agua potable. Como resultado, asimismo, se genera un caudal que tiene las sales más concentradas. Este residuo recibe el nombre de salmuera, rechazo o descarga.

Según Miguel Ángel Sanz, a las plantas desaladoras se le asocian, principalmente, tres impactos ambientales. Éstos son la descarga del concentrado resultante en el mar, el consumo energético y la utilización de productos químicos.

Respecto a la liberación de la salmuera –después del ciclo completo de uso del agua, que incluye su captación, procesamiento y retorno al mar–, Sanz comenta que existe la creencia de que lo que vuelve lo hace en condición de “elemento contaminante”.

Sin embargo, aclara que lo que en realidad regresa al mar es la misma agua, pero más concentrada en sales. “El mar es capaz de diluirlo todo; y si consideramos el ciclo del agua, el balance con el mar es siempre cero, es decir que todo el agua que sale del mar regresa a él”, sostiene.

No obstante, precisa que el único problema es que en el punto de descarga hay una salida mucho más elevada de salinidad. “Lo que hay que hacer para que esto no tenga impactos es conseguir que ese concentrado se diluya rápidamente”, afirma el ingeniero de Suez. Esto se hace mediante la utilización de difusores, para que la salida del torrente de salmuera sea más rápida y profusa.

Lea este artículo completo en InduAmbiente N° 143 (noviembre-diciembre 2016), págs. 94-95.