
Han transcurrido más de dos décadas desde que la iniciativa ESG (Ambiental, Social y Gobernanza) fue introducida formalmente en el mercado financiero por el Pacto Mundial de las Naciones Unidas. Creada con el propósito fundamental de impulsar la sustentabilidad, esta sigla se ha consolidado globalmente como el marco estándar para transparentar el desempeño corporativo.
Sin embargo, corremos un peligro inminente: que estas tres letras se conviertan en el nuevo maquillaje del marketing corporativo, desvinculadas por completo de la cruda realidad operativa de las plantas.
Para quienes nos formamos en ingeniería, la sustentabilidad no es poesía corporativa ni una declaración redactada por un equipo de comunicaciones. Por el contrario, se traduce en una ecuación de balances de masa y energía que debe cuadrar sin artificios matemáticos. En este punto neurálgico radica uno de los mayores desafíos éticos de la industria: transitar del simple "cumplir para la foto" a una cultura de veracidad técnica.
A menudo, las altas cúpulas de gobernanza corporativa presionan por alcanzar metas de descarbonización o mitigación de impactos que resultan impecables en los informes financieros. Sin embargo, la intensa presión de los mercados puede tentar a las organizaciones a endulzar la incertidumbre estadística de sus emisiones, subestimar la toxicidad real de sus residuos o invisibilizar el impacto acumulativo que transfieren a los ecosistemas y territorios aledaños.
El desafío ético actual va más allá de la ley, la cual siempre corre rezagada frente a la problemática socioambiental.
El núcleo de la responsabilidad empresarial exige que el dato técnico sea inviolable. Cualquier error, alteración u omisión deliberada en la medición de un contaminante no debe interpretarse como una simple desviación estadística, sino como una vulneración directa a los derechos de las comunidades que habitan el entorno.
Por ello, el rol de los profesionales en las plantas no se limita exclusivamente a la optimización de procesos para maximizar el margen de utilidades. Deben actuar también como garantes técnicos de la licencia social para operar. El auténtico liderazgo ESG de cualquier compañía se evidencia cuando es la veracidad de los datos operacionales la que dicta la estrategia del negocio, y no a la inversa. La ética corporativa, al igual que las leyes de la termodinámica, es implacable y no admite zonas grises ni medias verdades.
Columna publicada en InduAmbiente n° 200 (mayo-junio 2026), página 91.
