
Durante años el plástico se usó sin tener conciencia de los riesgos que conllevaba, en especial cuando pasaba de producto a residuo. En todo ámbito de la sociedad, el residuo plástico tuvo un destino incierto, sobre todo, los residuos generados al interior de las propias instalaciones productivas. No me refiero al plástico que llega al consumidor y luego se desecha, sino el que se pierde antes: las mermas de las líneas de envasado, los excedentes que nadie ve y que históricamente terminan en un relleno sanitario, o en ninguna parte documentada. Ese plástico invisible empieza, por fin, a tener un mejor destino.
Chile aprobó la Ley REP en 2016 y ha sido un avance real, sujeto a mejoras, pero sin duda un avance en la materia. Su foco estuvo puesto en los residuos que llegan al consumidor y también incluyó al residuo plástico generado dentro de los procesos productivos que, si bien tradicionalmente era abordado desde la excelencia operacional, el control de costos o las exigencias normativas de calidad, no contemplaba necesariamente un destino circular, ya fuera por falta de una mirada orientada al reciclaje o por limitaciones técnicas para hacerlo viable. Esa lógica está cambiando porque algunas industrias están notando que el residuo puede ser un insumo, incluso muchas veces, un producto.
Lo interesante no es solo que ocurra, sino la lógica detrás. Durante mucho tiempo, el reciclaje industrial en Chile dependió de que alguien se llevara el problema lejos: un gestor, un transportista, una planta en otra región. Sin embargo, lo que empezó a ocurrir en algunos sectores es distinto: el residuo de una industria se vuelve materia prima de otra, dentro del mismo territorio. Es una forma de circularidad que requiere que las industrias se miren y vean una oportunidad donde antes solo había un descarte.
El desafío es que esos encuentros todavía dependen demasiado de las gestiones de áreas especializadas. Falta que sea más notorio en Chile un sistema que conecte de forma sistemática a quienes generan residuos con los que podrían usarlos. Potenciando esto, la circularidad en la gestión de residuos tomará un valor que sin duda generará un círculo virtuoso. Creo que esta tarea puede ser abordada por organizaciones públicas, gremiales o hubs empresariales donde las compañías, startups y emprendedores conecten, permitiendo generar colaboración y sinergias en este sentido. Esta colaboración podría ser no solo en el sentido de buscar en qué proceso puede ser ocupado un residuo, sino que también se generen fuentes de información necesarias para impulsar nuevos proyectos o líneas productivas que usen residuos como materia prima.
