
Durante los últimos años, el debate climático ha estado dominado por dos narrativas opuestas. Por un lado, quienes entienden el desafío como una oportunidad histórica para innovar, transformar la economía y construir un futuro más próspero, de la mano de soluciones eficientes y costo efectivas que harán una sociedad más próspera y sostenible. En la otra vereda, quienes han quedado atrapados en una visión fatalista-apocalíptica que anuncia catástrofes inevitables y no promueve soluciones. La diferencia entre ambos grupos no es solo ideológica, sino también entre quienes actúan y quienes se paralizan.
Los verdaderos ganadores de la transición energética serán aquellos que no bajen los brazos y que sean capaces de ver oportunidades de solución frente a este gran problema. Serán las empresas que inviertan en tecnologías limpias, los emprendedores que echando a andar su creatividad desarrollen soluciones para reducir emisiones, apoyados por gobiernos que impulsen políticas y den facilidades para que ello ocurra. Ganarán quienes entiendan que descarbonizar la economía no significa detener el crecimiento, sino reinventarlo.
La historia económica demuestra que las grandes transformaciones siempre han generado líderes y rezagados. La revolución industrial, la electrificación, la digitalización y la inteligencia artificial han premiado a quienes apostaron por la innovación. La transición hacia una economía baja en carbono no será diferente. La pregunta ya no es si ocurrirá, sino quiénes estarán preparados para liderarla y recogerán sus frutos.
En contraste, los perdedores serán aquellos que alimenten una cultura del pesimismo permanente y que se centren en mostrar los problemas sin dar soluciones. Cuando se instala la idea de que todo está perdido, la consecuencia natural es la inacción. El miedo puede movilizar momentáneamente, pero no construye industrias, no crea empleos y no desarrolla nuevas tecnologías. En definitiva, no resuelve el problema.
No se trata de minimizar la gravedad del cambio climático. Los riesgos son reales y la evidencia científica es contundente. Sin embargo, reconocer el problema es muy distinto a asumir que estamos condenados. La humanidad ha demostrado una extraordinaria capacidad para enfrentar desafíos complejos cuando combina ciencia, innovación y cooperación.
Hoy vemos señales alentadoras en múltiples sectores. Las energías renovables son cada vez más competitivas, la movilidad eléctrica avanza a gran velocidad, nuevas tecnologías permiten reducir emisiones en industrias difíciles de abatir y los mercados financieros están canalizando recursos hacia proyectos sostenibles.
Nuestro país tiene los recursos naturales para ser parte de la descarbonización, somos los mayores productores de cobre del mundo, tenemos una de las mayores reservas de litio del planeta, la más alta radiación solar en nuestro desierto de Atacama y un potencial eólico enorme en la Patagonia. Somos líderes en electromovilidad en transporte público.
Subámonos al carro de los ganadores, generemos ingresos para nuestro país y seamos protagonistas en la lucha contra el cambio climático. No esperemos que el Estado haga todo, empoderemos las ciudades, regiones, negocios y a los ciudadanos para acelerar la descarbonización.
En vez de debatir consecuencias en el largo plazo, hablemos de los efectos y de las oportunidades inmediatas, que las hay.
Columna publicada en InduAmbiente n° 200 (mayo-junio 2026), página 77.
