Ser más reactivos que proactivos forma parte de la idiosincrasia de muchos chilenos y, por extensión, de una parte importante de sus instituciones. Y en todo ámbito de acción. Un ejemplo: al 6 de julio pasado, a casi cinco años de la promulgación de la Ley 21.364 -que creó en Chile el Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres-, el 77% de las comunas de las regiones del norte del país no contaba con un Plan de Reducción de Riesgo de Desastres (PRDD). Esto, según un estudio de la Corporación Ciudades que también reveló que 127 comunas, de un total de 345, no disponían a esa fecha de un plan en la materia.
Tales antecedentes quedaron al descubierto en un periodo marcado por eventos climáticos extremos que han afectado a la gran mayoría de las regiones del país. Los episodios de intensas y prolongadas lluvias, acompañados usualmente de fuertes vientos y remociones de terreno, dejaron una vez más en evidencia la vulnerabilidad de nuestros centros poblados y su falta de preparación y prevención para afrontar, sin grandes consecuencias, emergencias de este tipo.
Fortalezas y debilidades
Sin perjuicio de lo anterior, Jorge Gironás, director del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable UC (Cedeus), comenta que las ciudades chilenas "han avanzado de manera importante en algunos aspectos, particularmente en el desarrollo de infraestructura de evacuación de aguas lluvias y en una mayor comprensión del riesgo asociado a eventos hidrometeorológicos. Sin embargo, ese avance ha estado centrado, principalmente, en responder a los eventos una vez que ocurren, más que en reducir sistemáticamente el riesgo. Una de las principales debilidades es que históricamente hemos entendido el drenaje urbano como un problema de evacuación del agua mediante colectores, cuando en realidad debiera abordarse como un problema de gestión del agua lluvia. Esto implica incorporar estrategias que favorezcan la infiltración, el almacenamiento temporal y el retardo del escurrimiento antes de que el agua llegue a la red de drenaje".
Agrega que muchas de las ciudades en Chile "siguen creciendo sobre áreas naturalmente expuestas a inundaciones, y la planificación territorial aún incorpora de manera insuficiente la información sobre amenazas naturales. A ello se suma una institucionalidad fragmentada en la que la planificación urbana, el manejo de áreas verdes y la gestión del drenaje a distintas escalas dependen de organismos distintos, dificultando el desarrollo de soluciones integrales".
Respecto al viento, propone avanzar hacia ciudades cuya infraestructura, vegetación y redes de servicios sean más resilientes frente a este fenómeno. "Esta labor es difícil dada la infraestructura involucrada, pero motiva a que los nuevos desarrollos consideren cables soterrados", plantea.
Menos halagüeño es el diagnóstico de Pedro Serrano, académico del Departamento de Arquitectura de la Universidad Técnica Federico Santa María (USM). Afirma: "Lo que ocurrió en Tocopilla es un buen ejemplo de que no estamos preparados para eventos propios del cambio climático, como los ríos atmosféricos que estamos midiendo. Mucha agua cayendo en cortos plazos no era lo normal, menos en el desierto de Atacama. Y en la provincia de Valparaíso, por el exceso de carga líquida, muchos suelos se desplazaron catastróficamente con remociones de masas, generando daños en viviendas y cortes de tránsito, inundaciones, barriales y grandes socavones en vías públicas".
"Nuestras ciudades no están preparadas para eventos climáticos como los ríos atmosféricos", señala Pedro Serrano.
A su juicio, en las urbes situadas entre las regiones de Tarapacá y Atacama, que no fueron diseñadas para recibir grandes lluvias en poco tiempo, "habrá que replanificar, hacer estudios topográficos y ensayos tridimensionales en escalas medibles para determinar desde ya las áreas expuestas y los lugares de almacenamiento, retención, conducción y desvíos de grandes volúmenes de agua. Y, por supuesto, desarrollar muchas redes de aguas lluvia que nunca fueron pensadas".
Infraestructura verde
Para Jorge Gironás, la infraestructura verde constituye una de las herramientas más prometedoras para aumentar la resiliencia urbana, y el concepto de "ciudades esponja" representa un cambio de paradigma: en lugar de evacuar rápidamente toda el agua, se busca retenerla, infiltrarla y manejarla donde cae. "Aunque este tipo de estrategia es más efectiva con eventos de frecuencia media y alta, ya que para los más extremos es crucial que operen de buena manera los elementos de conducción, siendo clave mantener y conservar la red de drenaje natural", aclara.
Añade que una ventaja importante de esta estrategia es que entrega soluciones mucho más flexibles frente a la incertidumbre del cambio climático. "Hoy no sabemos con suficiente certeza cómo evolucionarán las lluvias intensas de corta duración, que son las que determinan en mayor grado el diseño de los sistemas de drenaje urbano. En ese contexto, resulta más razonable promover soluciones capaces de adaptarse a distintos escenarios futuros que sobredimensionar infraestructura basada en proyecciones altamente inciertas", asegura.
El director del Cedeus UC resalta, además, que estas soluciones entregan múltiples beneficios simultáneos. "Un parque inundable, un cauce rehabilitado o un humedal urbano no sólo contribuyen al manejo de aguas lluvias, sino que también generan espacios recreativos, mejoran la biodiversidad, reducen las islas de calor y aumentan el valor paisajístico de la ciudad", indica.
Para avanzar hacia este modelo, eso sí, es indispensable superar algunas barreras. Lo explica: "Se requiere una mejor coordinación entre las instituciones responsables del drenaje urbano y aquellas encargadas del espacio público y las áreas verdes; fortalecer el conocimiento técnico sobre el funcionamiento real de estas soluciones; y actualizar la normativa para reconocer los beneficios asociados al control de las lluvias frecuentes, que son precisamente donde la infraestructura verde produce sus mayores aportes".
Para Jorge Gironás, la infraestructura verde constituye una de las herramientas más prometedoras para aumentar la resiliencia urbana.
Pedro Serrano, por su parte, es cauteloso y señala que más allá de las ciudades esponja, "necesitamos equilibrar una población global que genera megaciudades con millones de habitantes que han desplazado del suelo a seres vivos, animales, vegetales y hongos, cubriendo con toneladas de asfalto y hormigón miles de hectáreas que ya no están en equilibrio con nada".
Otras recomendaciones
Según el académico de la USM, que también ejerce como presidente del Directorio de Fundación Terram, cada territorio particular tiene amenazas mayores y menores que se pueden estudiar y modelar para definir algoritmos predictivos que permitan predeterminar las condiciones necesarias para amortiguar posibles eventos climáticos extremos.
Jorge Gironás, en tanto, reitera la necesidad de incorporar la gestión del riesgo como un criterio permanente en la planificación urbana. "En muchos casos no es posible eliminar la amenaza, pero sí reducir significativamente el riesgo disminuyendo la exposición y la vulnerabilidad, es decir, las consecuencias. Esto implica evitar nuevos desarrollos urbanos en zonas de alta amenaza, organizar los usos del suelo según la recurrencia esperada de inundaciones o remociones en masa, y diseñar infraestructura capaz de adaptarse a condiciones futuras inciertas. Las medidas no estructurales, como la planificación territorial, la actualización normativa y los sistemas de información para apoyar la toma de decisiones son tan importantes como las obras de ingeniería", sentencia.
Añade que el Cedeus "ha contribuido precisamente a promover este cambio de enfoque. Nuestro trabajo ha demostrado la importancia de complementar la infraestructura gris tradicional con soluciones basadas en la naturaleza, evaluando cuantitativamente sus beneficios mediante modelación hidrológica e hidráulica. También hemos desarrollado herramientas para apoyar la planificación urbana considerando el riesgo de inundaciones, la gestión hídrica integrada y la adaptación al cambio climático".
Mayor seguridad en laderas
Socavones, cortes de rutas, activación de quebradas y otras afectaciones han provocado la seguidilla de sistemas frontales en distintas zonas del país. Ante eso, especialistas que participaron en el Manual de Recomendaciones de Diseño y Construcción de Edificaciones en Laderas de Dunas y Maicillos -encargado por el Ministerio de Vivienda y la Cámara Chilena de la Construcción- llamaron a incorporar con mayor fuerza la gestión del agua en el diseño, construcción, inspección y mantención de obras emplazadas en suelos erosionables.
Para Michel Kure, presidente del Comité que desarrolló el Manual, uno de los principales aprendizajes es que las lluvias no deben tratarse solo como un problema hidráulico. "En laderas de dunas y maicillos, las precipitaciones pueden transformarse también en un problema geotécnico, constructivo y urbano. Pueden generar aumento de humedad, erosión superficial, formación de cárcavas, socavación de fundaciones y tuberías, obstrucción de colectores, filtraciones y deslizamientos locales o globales", explica.
A partir del Manual, los especialistas recomiendan diseñar el manejo del agua de manera integral, considerando captación, conducción, evacuación, disipación y control de infiltraciones. Esto implica no solo dimensionar colectores, sino también proyectar canaletas o cunetas de coronación, bajantes pluviales, canalizaciones cerradas, disipadores de energía y descargas controladas, evitando la infiltración descontrolada y la erosión aguas abajo.
Otra recomendación clave es respetar el drenaje natural del terreno y evitar que la urbanización aumente los caudales descargados hacia sectores bajos o vulnerables.
Patricia Rodríguez, ingeniera civil y vicepresidenta del Comité, afirma: "La intervención de una ladera para la construcción de obras de infraestructura requiere siempre de una evaluación de estabilidad local y global del terreno, y de su influencia sobre estructuras existentes o proyectadas".
Artículo publicado en InduAmbiente n° 201 (julio-agosto 2026), páginas 50 a 52.

