Lunes 27 de abril de 2026.- Cuando la ecóloga Olga Barbosa comenzó a trabajar con viñas chilenas hacia 2008, imperaba la idea de que la vegetación nativa competía con los cultivos, quitaba agua y favorecía plagas. Los árboles eran escasos, los bosques nativos quedaban arrinconados y la biodiversidad se veía como un lujo o una restricción.
Diecisiete años después, esa mirada ha cambiado. Barbosa, directora alterna del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y creadora del Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad (VCCB), asegura que muchas viñas ya entienden que la biodiversidad no es un adorno, sino una infraestructura natural estratégica. "Se han dado cuenta de que producen uvas más sanas y son menos dependientes de insumos", destaca. Aunque no todas las motivaciones son económicas: algunas tienen que ver con valores y con la relación de las empresas con la naturaleza.
El programa VCCB nació en el contexto de los fondos basales de ANID para acercar la investigación científica al desarrollo productivo. Desde entonces ha trabajado con más de 20 viñas, entre ellas Cono Sur, Santa Rita, Emiliana, Concha y Toro y Montes. Su objetivo ha sido demostrar, con datos y experimentos, que conservar ecosistemas ayuda a controlar plagas, mejorar la salud del suelo, capturar carbono y fortalecer la resiliencia del negocio frente al cambio climático.
La fauna es clave
Uno de los primeros desafíos fue derribar la idea de que los bosques nativos compiten con la viña. Los experimentos mostraron que la vegetación cercana no quitaba agua a los cultivos, y que los viñedos próximos a bosques y matorrales tendían a tener menos plagas. Las viñas comenzaron entonces a instalar cajas nido para búhos y posaderos para rapaces. "Cuando les das lugares donde posarse, empiezas a incentivar la presencia de rapaces y el control natural de plagas", explica Barbosa.
Los resultados fueron visibles rápidamente: trabajadores de distintas viñas reportaban más avistamientos de cernícalos, peuquitos y zorros. "Ha habido un cambio de mentalidad muy fuerte", señala. El programa también demostró que los "árboles isla" —árboles aislados en medio del campo— cumplen la misma función que las cajas artificiales para aves insectívoras, sin costo alguno.
La transformación ha sido evidente. Olga Barbosa recuerda cómo era el campo orgánico de Viña Cono Sur en Chimbarongo cuando lo visitó por primera vez: casi sin árboles ni biodiversidad. Hoy el paisaje es completamente distinto, con corredores biológicos e islas de vegetación nativa. "El manejo orgánico es mucho más robusto desde que ingresaron biodiversidad", afirma.
Chile central es un hot spot global al ser parte de uno de los cinco ecosistemas mediterráneos del planeta, pero menos del 1% de esa biodiversidad está formalmente protegida. Las viñas del programa aportan unas 43 mil hectáreas de bosque y matorral nativo conservado, lo que representaría un incremento de al menos 10 a 12% sobre lo existente. Y lo hacen sin incentivos tributarios ni beneficios regulatorios, por convicción propia.
Expansión del modelo
En los últimos años, el programa comenzó a estudiar directamente el vino. Uno de los hallazgos más relevantes es que el bosque nativo comparte cerca del 80% de los microorganismos importantes para la elaboración del vino con los viñedos. Entre ellos hay levaduras fermentadoras que influyen en aromas, sabores y calidad. "El bosque y la viña son parte de un mismo ecosistema", dice Barbosa.
"Perder biodiversidad es un perjuicio para el negocio, porque se pierde el terroir y todas las viñas terminan siendo iguales", advierte la ecóloga. El equipo demostró que distintas viñas poseen comunidades microbianas distintas, y que esas diferencias aumentan con la distancia geográfica, algo con implicancias científicas y comerciales.
El tema es especialmente urgente ante el cambio climático: las olas de calor aceleran la maduración de la uva, generando vinos más alcohólicos y con menos tiempo para desarrollar aromas y complejidad. El proyecto Bio-Wines, desarrollado por las universidades Austral, Andrés Bello y el IEB, busca identificar microorganismos que ayuden a compensar esos efectos y producir vinos más equilibrados.
"La empresa no puede asumir sola el riesgo científico. Nosotros asumimos ese riesgo y ellos implementan cuando les mostramos que funciona", señala Barbosa. A su juicio, la mayor barrera sigue siendo la idea de que biodiversidad y desarrollo son incompatibles. "Hemos demostrado que se puede compatibilizar", asegura.
El modelo ya se expande: el IEB trabaja hoy con olivares, berries y avellanos europeos, cultivo que enfrenta crecientes exigencias ambientales de compradores internacionales. Y uno de los mayores reconocimientos llegó cuando Napa Valley, tras perder frente al IEB en un premio internacional, pidió conocer el modelo chileno. "En vez de copiar, hicimos partnership", recuerda Barbosa. Hoy Chile asesora a la asociación de viticultores de Napa en soluciones basadas en la naturaleza.
Fuente: Richard García & Meirovich Comunicaciones.

