Revista de descontaminación industrial, recursos energéticos y sustentabilidad.

Malos Olores y Responsabilidad Social

Claudio Zaror

Zaror - G
Director de Diplomado en Ingeniería Ambiental
Universidad de Concepción


El desarrollo económico y crecimiento de la población de las últimas décadas obliga a las empresas productivas, centros comerciales, viviendas y establecimientos de servicios a compartir un territorio cada vez más densificado. Ello ha traído como consecuencia una mayor vulnerabilidad de las personas frente a los diferentes aspectos ambientales de dichas actividades.

En particular, en años recientes hemos sido testigos de numerosos conflictos entre empresas y comunidades debido a molestias, reales o potenciales, generadas por malos olores que afectan la calidad de vida de la población.

En la mayoría de los casos, los malos olores se derivan de la descomposición biológica y/o química de materia orgánica, dando origen a compuestos orgánicos volátiles, generalmente ricos en azufre o nitrógeno que son detectados por el sistema olfativo humano incluso a bajas concentraciones, afectando a las comunidades aledañas, tal como ocurre con frecuencia en las inmediaciones de vertederos de residuos sólidos, industrias de alimentos, o actividades agropecuarias. En otros casos, los compuestos odoríferos se producen como parte inevitable de los procesos productivos, como es el caso de los compuestos sulfurados reducidos (TRS) de las plantas de celulosa kraft y en las refinerías de petróleo.

Las emisiones de olores pueden ser controladas de manera efectiva mediante el uso de tecnologías y prácticas operacionales apropiadas. Al respecto, la estrategia preferencial consiste en remover la causa raíz de dichos compuestos odoríferos o minimizar su generación. Por ejemplo, a través de sistemas de aireación eficientes, control de temperatura, hermeticidad y prevención de emisiones fugitivas, entre otras medidas. Otra opción consiste en remoción o destrucción de los compuestos odoríferos por métodos físicos, químicos o biológicos, tales como adsorción, absorción, condensación, neutralización, oxidación, incineración, biofiltración, etc.

Obviamente, estas opciones implican nuevos costos de inversión y operación que pueden ser significativos, dependiendo de la envergadura del problema.
En general, existe una fuerte resistencia por parte de muchas empresas a internalizar los costos ambientales, ya que ello representaría una pérdida de competitividad y de rentabilidad. Sin embargo, dicha visión es totalmente anacrónica, ya que hoy en día los problemas socio-ambientales generados por malas prácticas operacionales afectan negativamente la competitividad de la empresa, en un mercado cada vez más sensible a las conductas que deterioran el bien común. Más aún, las empresas con bajos estándares de  desempeño de responsabilidad social tienen serios problemas para acceder a fuentes de financiamiento o a nuevos mercados exigentes.

Pese a que el marco normativo que regula estas materias está aún en construcción, las empresas deben desplegar todos sus esfuerzos para evitar emisiones odoríferas que puedan impactar a sus vecinos. La verdadera responsabilidad social comienza más allá del simple cumplimiento de la ley y tiene que ver con el real respeto a los otros. Comencemos respetando a los vecinos y su derecho constitucional a vivir en un ambiente libre de contaminación.

Columna publicada en InduAmbiente N° 147 (julio-agosto 2017), pág. 71.